August 22, 2007

Mi marcha verde

Esto huele a: Textos mustios

El avión se inclinó suavemente a la izquierda y noté como las cabezas giraban, curiosas, desde el oscuro, y precioso atardecer del cielo Africano hacia la espectacular ciudad de Marrakech, que presumida como pocas, nos recibía cargada de gente, de sensaciones, de luces y contrastes. He aquí mi marcha verde para hacerla mía.

Si tienes la esperanza de encontrar en Africa otra forma de concebir las cosas, todavía eres afortunado/a, pues durante mucho tiempo el mundo seguirá dándote humanos con los que sorprenderte. Mi viaje obedecía a una orden interna que me alejaba de Europa, de sus formas y modales, de sus calles y sus políticas, de su asfalto, de sus ostentosos collares y perlas, de su toque de queda. Europa, nuestra Europa más cercana, ha envejecido demasiado, o yo lo sentía así.

En Marruecos hay muchas cosas que no te van a gustar, claro está. Pero ver cómo es posible que una sociedad haya evolucionado de una forma tan distinta a la nuestra no puede dejar de sorprenderte. Los primeros instantes en Marrakech te van a dejar sin aliento. Por las calles cientos de personas caminan sin un rumbo fijo, sin prisa. Algunos de ellos ríen. Tal riada de gente sólo es comparable en Valencia a las fallas. Un martes cualquiera, por ejemplo.

 

Una de las cosas que no me gustaron de allí fue el trato turístico. Son tan interesados como aquí, pues sólo quieren tu dinero, nada más. Pero me jode que se me rifen como si yo fuese un billete andante. Acercarse a una tienda en pleno centro es sinónimo de suicidio mental. Lo mismo pasa en algunos puestos de comida. El turista es carne tierna, y si pueden te cobrarán el triple. Lo entiendo pero no me gustó.

Sin embargo la comida es el maná que todo lo cura. Por unos 9 euros, sacias tu cuerpo con un par de platos de exquisita preparación. Allá donde fuí disfrute de platos deliciosos y me encantaría poder conocer la mezcla exacta de especias que le daba ese sabor tan característico y mágico a cada plato. Tangia, Tajin, cuscus, kefta…

Si tuviese que definir el ambiente que se inhalaba en la estación de autobuses hablaría de locura. No concebí antes una sensación de necesidad de orden tan grande. Gente gritando nombres de ciudades para atraer a turistas, tiendas de alimentación, paradas de autobús sin número ni nombre, cárteles en árabe que injustamente odiaba, personas y más personas, vendedores ambulantes de tabaco y agua. Fue así como me alargué a dos de mis destinos: Ouarzazate y Essaouira, por ese orden.

 

Ouarzazate es uan ciudad predesértica, famosa por su localización, llena de hoteles y que alberga el estudio de cine más importante del desierto. En él se han rodado muchas de las películas que conocemos: Gladiator, Babel, Alejandro Magno, Las colinas tienen ojos… Pero lo que más llamó mi atención, y seguramente también la vuestra es el Ksar, un laberíntico palacio de adobe del color rojizo del desierto, de la tierra que cubre el suelo marroquí. Es impresionante, y su belleza radica en sus formas, en sus colores, en su luz, en su lugar.

Essaouira me dejó mal sabor de boca. Su nombre habla de arte. Y sus calles son zocos de arte, de rastafaris y de vientos oceánicos. Jamás estuve tan cerca de las islas Canarias. Una muralla todavía recorre su costa rocosa y a lo lejos se extiende una gran playa. Lo más bonito fue observar, sobre una de las torres vigía, el vuelo de cientos de pájaros esperando una presa frente al puerto.

 

Pero sin duda me quedo con lo menos turístico, dejando atrás la milenaria Koutubia, la tranquila Menara, el impresionante palacio Badii… Lo que el turista se lleva a casa son los paseos por las calles de Marrakech. La sinuosa medina está llena de huecos a los que sólo se puede llegar sin rumbo, sorprendiéndote en cada esquina para sacar una nueva foto. Las personas, que se debaten entre la libertad y el integrismo más absurdo. Las tiendas, pequeñas ventanas donde se asoman cientos de productos en extraña armonía piramidal. Niños jugando con tizas, con los pies sucios de correr por arena, con la curiosidad en los ojos. Me quedo con aquello que me mantuvo horas con la boca abierta, con la magia de otro mundo.  

 



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