Debut a la cubana
Cuando, a las 9 de la mañana del sábado me asomé al portón trasero del teatro Serrano, no esperaba encontrar más que otro camión que descargar, montar y preparar para una nueva actuación. Me habían contado maravillas de la compañía La Cubana, aunque a mí sólo me olía a horas y horas de trabajo. Nada de lo que iba a venir luego me imaginaba…
Como último mono del lugar y currante especializado en obedecer ordenes a regañadientes, empecé a seguir a los componenentes de la compañía en busca de un trabajo que desempeñar. La Cubana es una compañía de teatro muy famosa y el espéctaculo que traían este fin de semana a Gandia se repone después de 25 años deambulando por la geografía. En ella han participado grandes actores, de los que sólo recuerdo el nombre de Santi Millán y José Corbacho.
Lo primero que pude apreciar es que el camión estaba compuesto en su mayoría por cajas de tela, vestidos y plumas que teníamos que ordenar métodicamente bajo las ordenes de una divertida mujer. Tras una tempestad de cajas y ruedas, creamos una especie de pasillos en un ordenado desorden de vestidos,telas y cartones. Los actores crearon camerinos improvisados a ambos lados del escenario, cosa que me extrañó, pues el teatro dispone de camerinos a sólo unos 20 metros. Una vez estaba todo dispuesto, Jordi Millán, el "querido" director de toda aquella farsa teatral reunió a cuatro de nosotros para inculcarnos dotes interpretativos en 5 minutos. Si estás deseando ir a ver la obra, cosa que recomiendo, no leas más, pues tiene cierto secreto.
La obra está programada para una hora concreta. Cuando los asistentes compran las entradas, aparece un regidor furioso avisándoles que la obra ya está empezada. Y es cierto, la sesión ha empezado casi una hora antes de lo marcado. Son poquísmos los que disfrutamos de la actuación de varietets. El espectador que llega a la hora en punto, disfruta de apenas 10 minutos de espectáculo. La actuación termina y se oyen pitidos y gritos. Entonces el regidor explica entre los gritos que ellos debutan al día siguiente en Santiago de Compostela y que se van. En ese momento entramos en acción.
Al grito de "A desmontar!" mis compañeros y yo empezamos a tirar telas desde los asientos de los espectadores y ellos, que parecían enfadados un segundo antes, recuperan sus instintos más infantiles y se lanzan telas de unos a otros. La gente de platea mira hacia arriba sólo un segundo antes de ser engullido por un "martelé" de 5 metros. Los personajes empiezan a divertir al público con sus historias y a sacar constantes sonrisas.
Más tarde se desmonta completamente el escenario y los personajes se suceden en un torbellino de cambios de ropa, personalidad y acento. Es más que remarcable el trabajo de los actores que se merecen el aplauso más grande. Nuestro papel, escasamente reconocido pero muy divertido, se completó con una recogida de hierros del escenario, un reparto de bocadillos de mortadela, y un apoyo constante a los actores, que pasaban fugaces para cambiar de atuendo.
Al final, después de dos días trabajando casi 30 horas juntos, la pequeña familia que se había creado partió con todas sus plumas y sus telas. Algunos me comentaban que era extraño, pero que en sólo unas horas de trabajo habíamos creado una pequeña comunidad que ahora apenaba rasgar. Y la verdad es que sí, fue un poco triste, pero muy muy divertido.









