Abres los ojos por la mañana y miras al techo. Sigue del mismo color, mantiene la misma forma que ayer. De hecho, ni siquera lo miras. Te lavas los dientes, te miras al espejo y te introduces en la ducha. En estricto corte cinematográfico, ya has salido y estás a punto de ir a tomar unas cervezas. Y así cada día.
Recuerdo el día que cumplí nueve años. Me recuerdo a mí mismo parado frente al limonero que dominaba el sequer de casa de mi abuela asombrado de la edad que ya tenía. Es mi primer recuerdo consciente de pensamiento abstracto profundo. De ahí hasta hoy, podría trazar mi vida en 10 viñetas.
Me martiriza. Me mata. Paso cada día viviendo en la inopia. Y no me refiero a mi estado mental característico (agudos algunos carroñeros), sino a la simpleza con la que aceptamos el paso del tiempo. Hace un par de días necesité que llegasen las nueve de la noche para darme cuenta de que no había vivido las últimas 10 horas de mi vida. Y estaba sentado sonriendo, pero sin vivirlo, sin sentirlo, sólo estando.
Imagina, como cuando lees un libro y pasas página sin tener ni la más pajolera idea de lo que le ha ocurrido a tu personaje. Con el inconveniente de que en la vida real no puedes volver atrás y encender tranquilamente un cigarro. Sin embargo, ocurre. Y vaya si ocurre.
Uno de los diez mandamientos que me autoexijo es el de disfrutar de cada segundo de la vida y darle su merecida irrepetibilidad. Sentir como mueren mis células, cómo me atraviesan los gritos y saltos. El ser capaz de disfrutar de la sensación de estar vivo es algo impresionante. A mi me emociona enormemente el ser consciente de esta maravillosa realidad.
Por eso me voy a proponer algo. A partir de mañana voy a centrar mis fuerzas durante una semana en vivir cada instante, en no perderme detalle alguno. He preparado alarmas para despertarme cada día con la frase: "¿Te sientes vivo?"
Creo que puede ser un experimento muy interesante y, aunque sé que bastante complejo, muy enriquecedor y curioso. Ya os contaré, y veremos como va mi vuelta a la vida.